¿Ansiedad o no ansiedad?, he ahí el dilema
*Esta entrada la escribí hace meses, en septiembre del año pasado, pero apenas ahora la publico aquí por si a alguien le sirve.
Ayer escuché a una persona que quiero, respeto y admiro mucho hacer un comentario poco informado sobre ciertas enfermedades mentales comunes a nuestro tiempo, en particular, la ansiedad. Como persona que ha padecido y tiene tendencia a la ansiedad, considero importante compartir la diferencia entre la banalización del término y la experiencia de vivir con un trastorno de ansiedad.
¿Qué es, pues, la ansiedad?
La respuesta es, por una parte, sencilla y, por otra, compleja.
En términos biológicos y evolutivos, el estrés/la ansiedad es un mecanismo importante para nuestra supervivencia. Cuando estamos en una situación de peligro, nuestro cuerpo produce adrenalina y cortisol, hormonas que nos permiten ponernos alerta y alistarnos para responder, ya sea huyendo, ya sea luchando. Estrés y ansiedad son, entonces, necesarios y útiles para la vida. El problema surge cuando se vuelven crónicos y cuando su nivel es tan alto que, como pasa con cualquier otro síntoma neurótico, impiden el desenvolvimiento de la vida.
¿Cómo identificar, pues, si lo que siento es estrés normal o más bien ansiedad enfermiza?
La clave, creo yo, está en el tiempo. Si una situación te genera estrés, la sensación de ansiedad es temporal. Puede ser que te dure unos minutos o un par de horas, quizá incluso algunos días, pero después comienza a calmarse hasta desaparecer. Cuando, en cambio, esa sensación de estrés persiste en el tiempo y se hace cada vez más intensa, estamos hablando de otra cosa. O sea, de un probable trastorno de ansiedad.
Existen varios trastornos de ansiedad: el famoso trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), el tan sonado trastorno de estrés postraumático (PTSD) o la fobia social, entre otros. Uno de ellos es también el trastorno de ansiedad generalizada, también conocido como TAG.
Pero… ¿qué es eso? ¿No será más bien un nombre inventado para patologizar sensaciones tan normales como comunes?
A veces las personas olvidamos si cerramos la puerta al salir de casa, si apagamos la estufa, si pagamos un recibo, si teníamos algún compromiso… Esos olvidos son hasta cierto punto normales. A veces ocurren simplemente por distracción. Otras veces quizá porque no son cosas que consideremos importantes. Cuando confirmamos si las hicimos o no, la preocupación se va y el pensamiento desaparece de nuestra mente.
Eso no ocurre con el TAG.
Una persona con trastorno de ansiedad generalizada se siente preocupada por todo todo el tiempo. Para ella, haberse pasado un día en el pago de un recibo es tan preocupante como perder las llaves de la casa, reprobar un examen, quedarse atorado en el metro o la posibilidad de que alguien que ama muera. Siente miedo e inquietud todo el tiempo, por cosas pequeñitas lo mismo que por enormidades. Y su nerviosismo es tanto que no puede concentrarse en nada más.
El cuerpo, entonces, por los altos niveles de cortisol, empieza a sentir un montón de malestares. Dolor de cabeza, dolores musculares, molestias digestivas como gastritis, colitis e inflamación. Además, se vuelve difícil dormir y, cuando se duerme, descansar. No se trata, pues, de un insomnio productivo, sino de la incapacidad de concentrarse, de pensar claramente y de dejar de pensar, de sentir más allá de miedo y preocupación. Eso provoca un cansancio continuo, porque el cuerpo y la mente están en perpetuo movimiento, así como una gran irritabilidad que impide disfrutar del placer o el gozo. Encima, todo eso genera un debilitamiento significativo del sistema inmune, así que es común enfermarse con frecuencia.
En un mundo que valora demasiado la productividad, incluso más cuando se da en circunstancias difíciles o de vulnerabilidad, fomentando relatos del tipo “self-made man” o “si yo pude hacerlo, tú deberías poder también”, es difícil reconocer que tenemos un problema y que necesitamos ayuda o atención.
Algo así me pasó a mí. Durante años, aprendí a lidiar con mis síntomas ansiosos pensando que eran o elementos de mi personalidad o simplemente fases de estrés y nerviosismo. No entendía que el cansancio que sentía y el insomnio que me atacaba de vez en cuando estaban relacionados con eso; o que mis gripones frecuentes y mi dolor de panza eran producto también de la ansiedad. Me di cuenta, en cambio, cuando en un viaje de un mes pude dormir una sola noche, cuando se me hizo imposible tomar el metro por miedo a quedarme encerrada, cuando no podía quitarme de la cabeza pensamientos que me generaban terror.
Solía pensar que, por haberles puesto collares morados, Luna y Ciruela morirían, como Nixie, una perrita nuestra que murió a causa de un accidente y que casualmente traía un collar morado cuando eso ocurrió. Y pensaba también que, así como mi papá había muerto al final de mi licenciatura y mi mamá al final de mi maestría, alguien moriría cuando terminara el doctorado. Ese alguien, por supuesto, sería Medardo, mi amada pareja.
Esos pensamientos son irracionales. Se les llama “distorsiones cognitivas”, en este caso del tipo de los “pensamientos catastróficos”. Sin embargo, para mí tenían su propia lógica y parecían verdaderos con base en mi experiencia de vida.
De eso se trata la ansiedad como enfermedad. De algo que se padece. Algo que, en lugar de ayudarnos a sobrevivir como quizá hizo mucho tiempo, nos hace imposible la vida.
Ahora bien, ¿cómo se trata la ansiedad? Es decir, ¿podemos tratarla o más bien tenemos que acostumbrarnos a vivir con ella? Un poco de ambas, pienso yo.
Como ocurre con cualquier padecimiento, desde una gripa hasta el cáncer, desde una depresión leve hasta la disociación, la gente bienintencionada suele compartir consejos y atajos para seguir con la vida. El problema es que, cuando se tiene un trastorno de ansiedad, igual que muchas otras condiciones, la vida se vuelve invivible, y esos consejos o atajos se quedan muy cortos. Por eso es importante recibir atención de varios tipos.
Primero, atención médica; es decir, psiquiátrica, para matizar los síntomas que provienen del exceso de cortisol y regular cuerpo y mente, para poder dormir y reaprender a relajarse cuando se ha olvidado cómo hacerlo.
Enseguida, atención psicoterapéutica, para comprender el origen profundo de esa ansiedad, pues, sin ese trabajo reflexivo, será difícil aprender a ser/sentir de otra manera o al menos a reaccionar distinto ante aquello que somos y sentimos.
Estas dos formas de atención son imprescindibles. Ambas están pensadas, de entrada, para ser temporales. Los medicamentos que tratan la ansiedad (pueden ser antidepresivos o ansiolíticos) no son para siempre, sino para ciertos rangos de tiempo. Cada caso es distinto porque hay ansiedades añejas, crónicas desde la infancia, y otras más bien ubicadas en una experiencia vital específica. La terapia también suele ser temporal, a menos que se decida continuarla por un laaargo lapso de años o incluso décadas. De nuevo, eso dependerá de cada persona y su circunstancia particular.
Junto con eso es importante hacer algunos cambios en el estilo de vida que permitan aprender a relajarse, a calmar la mente, a identificar pensamientos distorsionados y dejarlos pasar, a concentrarse en las sensaciones corporales y a distinguir la genuina intuición de la ansiedad.
Por último, pero no por eso menos importante, es necesario aprender a poner límites, tanto a unx mismx como a lxs demás. Reconocer con honestidad hasta dónde podemos comprometernos y qué tanto podemos hacer sin ponernos en riesgo. Identificar nuestras vulnerabilidades, nuestras tendencias y priorizar lo importante. De otro modo, no podemos estar presentes, ni para nosotrxs ni para lxs otrxs.
Como la depresión, que no es una tristeza de la que se pueda salir voluntariamente, los trastornos de ansiedad no son un momento de nerviosismo que se pueda sanar echándole ganas, pensando en otra cosa o poniéndose a trabajar. Se trata, en cambio, de una condición compleja que se alimenta de experiencias, creencias, pensamientos, emociones y contextos diversos. Y, sí, es verdad que ahora es más común que antes, o al menos que ahora puede nombrarse mejor que antes porque ya se la identifica.
Pienso, por ejemplo, en la madre de las hermanas Bennet de "Orgullo y prejuicio", novela escrita por Jane Austen publicada en 1813. Una de sus líneas principales es justamente esta: "My nerves! My poor nerves!".
Es probable que ese personaje sufriera de un trastorno de ansiedad que entonces no podía nombrarse y que, en su caso, era alimentado por un marido ausente que, por las leyes machistas de la época, no podría heredarles nada ni a su esposa ni a sus 5 hijas al momento de su muerte, y la presión de encontrarles esposos a las hijas en edad casamentera para asegurar la manutención de la familia.
Así como la señora Bennet, muchas personas hemos padecido o padecemos trastornos de ansiedad. Y no, no es algo que se deba a la flojera, la falta de esfuerzo, la debilidad o la poca inteligencia. Es una enfermedad mental. Una condición real que afecta tanto la mente como el cuerpo, porque cuerpo y mente son uno solo y porque lo que vivimos, sentimos y pensamos está relacionado y se expresa mediante el cuerpo.
Sé que este relato/testimonio es breve en relación con la amplitud de los trastornos de ansiedad y que fue escrito desde una perspectiva subjetiva, basada en mi experiencia. Espero, sin embargo, que sirva para comprender un poquito más de qué hablan las personas cuando dicen que tienen un trastorno de ansiedad.


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